Imagen: http://www.myspace.com/irisazquinezer
Iris Azquinezer,
violonchelista
Civivox Condestable,
Pamplona
Programa:
Origen (I.Azquinezer), Susasí (I. Azquinezer),
I Suite para violoncello solo (J.S. Bach), Tres piezas para
Aída (I. Azquinezer), Elegía (E. Casals), Suite per
violoncello solo (G. Casadó)
Sale
puntual, a las siete y media de la tarde, por una puerta del fondo
del patio del Civivox Condestable. El público, sentado frente a ella
y en el piso superior, a modo de palco, aplaude. Sube al centro del
paredón armada con su violonchelo, saluda, se sienta y comienza a
tocar.
Es un
escenario bajo, negro y desnudo excepto por una silla que Iris
Azquinezer, de veintiocho años, ya ha ocupado una hora antes del
recital para realizar el último ensayo. Así que está cómoda, ya
lo conoce. También se desenvuelve con seguridad en las dos primeras
obras: Origen y Susasí son piezas compuestas por ella
misma. Respira fuerte en los silencios y hace movimientos
apasionados, al son de los acordes más intensos.
La
madrileña viste a juego con su chelo. Al final de cada
interpretación se atusa la camiseta de color crudo y la falda marrón
chocolate que le llega hasta los pies. El sonido, los tonos y el
ambiente son cálidos. Los asistentes, la mayoría de una generación
anterior a la suya, escuchan atentos sus explicaciones. "Bach
creó todo un lenguaje para el chelo", comenta con voz discreta
y clara, y se asegura de que los espectadores del piso superior
escuchan bien sus apuntes antes de atacar con manos delicadas el
preludio de la I Suite para violoncello, composición
que también logra hacer suya.
La
cabeza se balancea de izquierda a derecha con movimientos tan fluidos
como los del arco. Baila sentada y su boca hace amagos de sonrisa
dentro de una expresión de El éxtasis de Santa Teresa que
acompaña al sonido delgado que llena la planta baja y asciende por
el hueco hasta los pisos de arriba.
Al
finalizar el Guigue, la última parte de la suite,
saluda por duplicado y adelanta que va a interpretar de nuevo obras
de su propia creación. "La tercera es una nana. Considero que
para una nana da igual la edad que uno tenga". Oración
es la encargada de abrir Tres piezas para Aída. Comienza con
dos cuerdas que cantan a la vez, solemnes. Después, una lleva la voz
protagonista y se apoya en la segunda, de manera que el peso de la
obra se va repartiendo de manera heterogénea entre las distintas
voces del instrumento. Los graves toman el relevo en Crisis,
con un roce rotundo del arco. Les siguen agudos rápidos y punzantes
que invocan lo que el título de la pieza ya ha avisado. Azquinezer
ha logrado plasmar en una partitura lo que ahora transmite, con un
pizzicato punzante y ansioso y sonidos cada vez más
acelerados que desembocan en una cadencia sin resolver que deja en el
aire la solución del conflicto.
Por
fin, Nana restablece la calma mediante pasadas largas del arco
en un registro medio y sirve de puente para Elegía, de
Casals. Intensa, sin ser brusca, deja escuchar nuevamente sus
exhalaciones entre arpegio y arpegio en una interpretación más
apasionada que las anteriores, tanto que le obliga a afinar su
instrumento al acabarla. El lamento se va haciendo más calmado
progresivamente, intercala tonos mayores y menores que confluyen en
una queja íntima y tenue.
"Esta
es una pieza muy gustosa para todo violonchelista", confiesa
antes de la última obra, Suite per violoncello solo, de
Cassadó. Su preludio, Fantasía, es la pieza que obliga a su
mano izquierda a recorrer distancias más largas y con más rapidez
por el mástil. Suenan por primera vez acordes disonantes salpicados
entre fragmentos donde el arco apenas besa las cuerdas y acordes
violentos. Da dos golpes contundentes de pizzicato antes de
pasar a la Sardana, que introduce la sensación de baile que
luego crece con Intermezzo e danza finale. En esta el chelo
marca el ritmo de una coreografía a través de notas muy apoyadas y
rasgadas que contrastan con otras más limpias.
Los
últimos compases, violentos, dejan paso sin transición alguna a una
joven que responde con una sonrisa dulce
a los aplausos, se estira para no olvidar al público del piso
superior, se va. Pero, después de salir y volver al escenario
mientras cede el turno a la música de las manos de los espectadores,
regala un bis, "un cuento", dice, titulado El oso, la
cueva, la miel y la abeja, acogido por un cierre respetuoso y
agradecido.
1 comentario:
Como aprendiz de violonchelista, aunque no haya visto a esa chica tocar, leyendo tu crónica ya me imagino de qué recital tan mágico estás hablando. Me ha gustado mucho como lo describes.
Un beso.
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