domingo, 27 de enero de 2013

Lenguaje propio


Imagen: http://www.myspace.com/irisazquinezer

Iris Azquinezer, violonchelista
Civivox Condestable, Pamplona
Programa: Origen (I.Azquinezer), Susasí (I. Azquinezer), I Suite para violoncello solo (J.S. Bach), Tres piezas para Aída (I. Azquinezer), Elegía (E. Casals), Suite per violoncello solo (G. Casadó)


Sale puntual, a las siete y media de la tarde, por una puerta del fondo del patio del Civivox Condestable. El público, sentado frente a ella y en el piso superior, a modo de palco, aplaude. Sube al centro del paredón armada con su violonchelo, saluda, se sienta y comienza a tocar.

Es un escenario bajo, negro y desnudo excepto por una silla que Iris Azquinezer, de veintiocho años, ya ha ocupado una hora antes del recital para realizar el último ensayo. Así que está cómoda, ya lo conoce. También se desenvuelve con seguridad en las dos primeras obras: Origen y Susasí son piezas compuestas por ella misma. Respira fuerte en los silencios y hace movimientos apasionados, al son de los acordes más intensos.

La madrileña viste a juego con su chelo. Al final de cada interpretación se atusa la camiseta de color crudo y la falda marrón chocolate que le llega hasta los pies. El sonido, los tonos y el ambiente son cálidos. Los asistentes, la mayoría de una generación anterior a la suya, escuchan atentos sus explicaciones. "Bach creó todo un lenguaje para el chelo", comenta con voz discreta y clara, y se asegura de que los espectadores del piso superior escuchan bien sus apuntes antes de atacar con manos delicadas el preludio de la I Suite para violoncello, composición que también logra hacer suya.



La cabeza se balancea de izquierda a derecha con movimientos tan fluidos como los del arco. Baila sentada y su boca hace amagos de sonrisa dentro de una expresión de El éxtasis de Santa Teresa que acompaña al sonido delgado que llena la planta baja y asciende por el hueco hasta los pisos de arriba.

Al finalizar el Guigue, la última parte de la suite, saluda por duplicado y adelanta que va a interpretar de nuevo obras de su propia creación. "La tercera es una nana. Considero que para una nana da igual la edad que uno tenga". Oración es la encargada de abrir Tres piezas para Aída. Comienza con dos cuerdas que cantan a la vez, solemnes. Después, una lleva la voz protagonista y se apoya en la segunda, de manera que el peso de la obra se va repartiendo de manera heterogénea entre las distintas voces del instrumento. Los graves toman el relevo en Crisis, con un roce rotundo del arco. Les siguen agudos rápidos y punzantes que invocan lo que el título de la pieza ya ha avisado. Azquinezer ha logrado plasmar en una partitura lo que ahora transmite, con un pizzicato punzante y ansioso y sonidos cada vez más acelerados que desembocan en una cadencia sin resolver que deja en el aire la solución del conflicto.

Por fin, Nana restablece la calma mediante pasadas largas del arco en un registro medio y sirve de puente para Elegía, de Casals. Intensa, sin ser brusca, deja escuchar nuevamente sus exhalaciones entre arpegio y arpegio en una interpretación más apasionada que las anteriores, tanto que le obliga a afinar su instrumento al acabarla. El lamento se va haciendo más calmado progresivamente, intercala tonos mayores y menores que confluyen en una queja íntima y tenue.

"Esta es una pieza muy gustosa para todo violonchelista", confiesa antes de la última obra, Suite per violoncello solo, de Cassadó. Su preludio, Fantasía, es la pieza que obliga a su mano izquierda a recorrer distancias más largas y con más rapidez por el mástil. Suenan por primera vez acordes disonantes salpicados entre fragmentos donde el arco apenas besa las cuerdas y acordes violentos. Da dos golpes contundentes de pizzicato antes de pasar a la Sardana, que introduce la sensación de baile que luego crece con Intermezzo e danza finale. En esta el chelo marca el ritmo de una coreografía a través de notas muy apoyadas y rasgadas que contrastan con otras más limpias.

Los últimos compases, violentos, dejan paso sin transición alguna a una joven que responde con una sonrisa dulce a los aplausos, se estira para no olvidar al público del piso superior, se va. Pero, después de salir y volver al escenario mientras cede el turno a la música de las manos de los espectadores, regala un bis, "un cuento", dice, titulado El oso, la cueva, la miel y la abeja, acogido por un cierre respetuoso y agradecido.

1 comentario:

Blanca G. Louve dijo...

Como aprendiz de violonchelista, aunque no haya visto a esa chica tocar, leyendo tu crónica ya me imagino de qué recital tan mágico estás hablando. Me ha gustado mucho como lo describes.
Un beso.