domingo, 6 de noviembre de 2011

N-S

Aún no he cumplido 21 y ya viví 22 primaveras. El tiempo se calzó unos championes y echó a correr. Así, pasa tan rápido por tantos lugares que es imposible asimilar los capítulos hasta que no pasaron unas cuantas páginas más. En el libro hay líneas escritas a mano con letra temblorosa, alusiones a tomos anteriores, citas alucinógenas de Cortázar, versos tranquilos de Benedetti, descripciones de zombies que toman la ciudad una tarde soleada y zarandean los autos a su paso, letras grandes y de colores vivos.


En el libro hay registros de terremotos, páginas donde alguien derramó un vaso de vino, virutas de tabaco, cercos de la taza de café. Hay acentos nuevos y manías viejas. Hay pantalones que se quedan grandes, ciudades chicas, bostezos largos, ensayos cortos, listas de cosas que hacer y no se hacen, cosas que no se deben hacer y se hacen.


El Río de la Plata humedece las hojas y el sol del mediodía lo va dejando todo para mañana, menos acabar las tabletas de chocolate. Y las páginas centrales hablan de pibes dulces, minas de ojos de otra esfera, habitaciones re desordenadas y con poca luz a partir de las cinco de la tarde y decoradas con el dibujo de la portada del último tomo que salió al mercado.


El tiempo llega a tiempo o no tiene tiempo o da tiempo. Viene saturado y escribe novelas de terror por las mañanas, cuentos infantiles a mediodía, versos al caer del sol y relatos surrealistas cuando ya ha oscurecido.


El tiempo a veces se pone recontrarrompehuevos, como cuando el paquete de azúcar se cae y deja el suelo de la cocina hecho pelota.

domingo, 21 de agosto de 2011

El vestido de novia

Frío. Sólo hace calor dentro de la tetera, que silba cuando el agua empieza a soltar humo, como un tren que hace apurarse a los viajeros que llegan tarde y corren por el andén, arrastrando las maletas y el sofoco. Hace tanto frío en Montevideo que dicen que podría nevar, y eso que la ciudad no se viste de novia desde 1930.


Tengo estalactitas por dedos. Los niños van por la calle tan abrigados que sólo se les ve los ojos y la punta de la nariz. Camila los llama niños terroristas. Frío y sopa tibia en el estómago. Frío en los pies y parece ser cierto eso de que con los pies fríos no se piensa bien, como canta Pereza. Sí, debe ser por eso y porque, a estas alturas, seguro que mi cerebro alberga un poquito de escarcha.

miércoles, 17 de agosto de 2011

La calle



Los taxis son negros, con el techo amarillo. Hay que sacar la mano si querés que el ómnibus se detenga en la parada. Si pasa, claro, porque puede que veas el mismo ómnibus tres veces en una hora y que el tuyo no haga acto de presencia.


Los uruguayos piropean con los ojos, porque apenas se entiende lo que dicen. Los mendigos utilizan también el lenguaje ocular (lo que sí se comprende es un lastimero señoraseñoraseñora). Cualquiera de los tipos que visten barba, abrigo gris y boina y cargan su mate podría ser el Oliveira de Rayuela, de Cortázar.


Los puestos invaden las aceras: garrapiñadas ("calentitas", la bolsa chica a diez pesos; la grande, a veinte), mate, relojes, prensa. El olor del caramelo serpentea entre los autos, que cruzan la calle cuando ellos quieren, porque los semáforos de Montevideo parecen ser un simple elemento ornamental.


Vale la pena atravesar la avenida 18 de julio sin los cascos, para escuchar el dulse asento ("¡Pará, pará, pará, loco!"). Pero con banda sonora las cosas se ven distintas: las caras, las tiendas, los árboles en un contexto musical se envuelven en una danza de gente que llena las aceras y reparte panfletos y te desea, muy amable, "buen día, pasala bien".

domingo, 7 de agosto de 2011

Sonidos

Cuando salgo al balcón a fumar un pucho aparecen a saludar unos árboles famélicos y desnudos. Pasa un ómnibus verde (el boleto cuesta 18 pesos). Abajo, en el portal de al lado, un tipo que deja ver el 80% del cartón sierra metales envuelto en una nube de chispas naranjas que parecen luciérnagas que se pasaron con el café. Asoma también la hucha, y me da la risa cuando me fijo.


Hace un vientecillo fresco, tan suave que apenas se nota. Luz que pregona una primavera cercana. El encanto de lo decandente, de "la que tuvo retuvo", en los edificios, que sacan sus galas al sol de las tres de la tarde, sol que no consigue despachar a mi polera de cuello alto, sorprendida por tener que trabajar en agosto.


Para cerrar el balcón hace falta una ingeniería. O comer dos veces. No ahoga el ruido que hace el calvo, el dos veces calvo de la acera, que para por un momento para conceder un solo en la partitura al tráfico de la calle Colonia.

domingo, 31 de julio de 2011

Che

A tres días de cruzar el charco pienso que hay que viajar, porque el mundo es muy ancho y no tenemos perdón si no lo conocemos. Y no lo tenemos si no lo hacemos más ancho: escribamos, pues, para hacer el mundo más ancho; y, en su anchura, más bello.

Y hay que leer y saber, porque cuando se tiene frente a las narices algo que conoces, aunque sea un poco, se disfruta el doble. Ya dice Ana María Matute que "si no lees, tú te lo pierdes", y a una Premio Cervantes no se le discute. Porque leyendo se convierte también la butaca del salón en un asiento de avión, de tren o de máquina del tiempo. El charco puede cruzarse cuando uno quiera. Buen viaje.

martes, 26 de julio de 2011

Rodarán cabezas





Pobrecito. No es que fuera un inepto, ni que los bancos sean unos ladrones: se ve que había pasado mala noche y se le olvidó avisarme de que iba a cobrarme 30 euros por cada transferencia, e hice dos. No es que las cajas nos quiten nuestro dinero, es que se les olvida decirnos que tenemos que dárselo, nada más. Por eso no quemé la sucursal y me limité a decir "cabrones" en bajito, y no grité "hijos de puta".



A los españoles nos tratan como a borregos drogados y luego cambiamos de canal cuando los indignados salen en el telediario. Nos gusta recibir contenidos mucho más importantes por televisión, como Belén Esteban atiborrándose de magdalenas. Y es que pensar cuesta mucho trabajo, es incómodo darte cuenta de que tienes algo en la cabeza que te impide quedarte quieto, volver al banco y exigir que te devuelvan lo que es tuyo.

Que no nos extrañe si alguno corre la misma suerte que Luis XVI: a este paso, rodarán cabezas.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Opio


Degas, El ajenjo

En este país Marx tendría poco que decir sobre el opio del pueblo, porque no lo necesitamos. Hay una razón muy simple: cuando se es gilipollas no hace falta. En España caen las acciones de Telecinco cuando la ordinaria de Belén Esteban nos crea esperanzas y dice que dejará la pequeña pantalla. Nos harán ir a trabajar a los 67 con el tacataca y nos quejamos de la prohibición de fumar en los bares. Pero el asunto es que, a mayor cargo, más gilipollas se es en este país: incluso te dejan estar en el Constitucional por ello. Eso sí, sale un preso de ETA manifestando su apoyo a Bildu y aquí todos nos hacemos los suecos. Porque esto no quiere decir que tengan relación, no, qué va... Nos parece que sí porque llevamos los efectos del opio en los genes, porque somos un pelín cortitos.

Al menos podrían legalizarnos la absenta, como en Francia (donde, dicho sea de paso, los ciudadanos armaron la marimorena cuando se retrasó la edad de jubilación a los 62), y así nos colocaríamos con un poco de clase...

domingo, 1 de mayo de 2011

Luz

Lo del Día de la Madre me parece absurdo en grado sumo porque todos los días del año son el Día de la Madre, debido a una sencilla razón: una madre nos da a luz cuando nacemos, pero nos da luz desde entonces. Y quien diga lo contrario miente.
Una madre nos da la vida una vez, pero nos la puede dar muchas, porque las madres tienen ciertas habilidades para resucitarnos cuando el mundo se da la voltereta. Habilidades que no sé yo si las aprenderán en las clases de preparación al parto, como la de saber muy bien dónde están las cosas en casa cuando nadie las encuentra (perdón por caer el los tópicos, pero es una verdad como un templo), o que su cerebro sea una base de datos que poco tiene que envidiar a la de la Nasa, y que incluye fechas que no aparecen marcadas en rojo en el calendario, números que no vienen en ninguna guía de teléfono y consejos que escapan a todo refranero. Por no hablar de que la tortilla de patata que hace una madre sabe mejor que cualquier manjar de restaurante de cinco tenedores.
Sea en forma de encuentro del pantalón perdido o de beso regalado sin falta de que haya una excusa para darlo, una madre consigue que cada día haya que hacerle un collar de macarrones, como hacíamos de chiquititos en el cole. “Mamá” se convierte en la palabra mágica aunque uno peine sus primeras canas.
Marta Vidán LópezArtículo publicado en la revista Calle Mayor (nº 459).

martes, 15 de febrero de 2011

Foral

Está bien. Puede que los navarros seamos -algo- brutos y por eso tengan que colocar este tipo de carteles cuando arreglan nuestro ascensor:


Pero, ante todo, los navarros, por mucho que digan que somos cerraos, nos tomamos las cosas con humor.

jueves, 30 de diciembre de 2010

27 jueves


Tengo en el bolsillo 27 jueves y 26 domingos. No es nuevo eso de que para mí los domingos deberían ser anticonstitucionales. No todos, claro: siempre hay excepciones que confirman la regla. Y más si esas excepciones se pasan en la playa. Porque la playa en diciembre es un lujo asiático. ¿Sabes? Cuando se tiene todo, no se necesita nada más. Cuando las cosas son grandes es porque se componen de muchas cosas pequeñas, y van creciendo a velocidad exponencial, y dormir es -casi- secundario, y el sofáes una isla desierta, y el casco antiguo un reino nuevo. Y cada libro un camino, y cada beso una inyección de sol.
No tenemos derecho a rehuir la felicidad. La mayoría de la gente no tiene nuestra suerte. Cuando se gustan, no se enamoran. O cuando están enamorados, en la cama no funcionan. Y cuando en la cama funcionan, no tienen nada que decirse después. Nosotros lo tenemos todo.
Frédéric Beigbeder, "El amor dura tres años"

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Fotos

En la mitad de una milésima parte de cuarto de segundo supe que te quería tanto, tanto, tantísimo, que tú, por fuerza, tenías que quererme también. Aunque sólo fuera por el reflejo de mi propio cariño.

martes, 9 de noviembre de 2010

Domenica

Salí de casa media hora y acabé hecha unos zorros. Parto de que los domingos deberían ser anticonstitucionales y, además, llovía, y, además, se me habían chamuscado las tostadas por la mañana. El autobús no se dignó a aparecer. Esperé media hora -¿quién carajo espera media hora a un autobús?- y me quedé helada como el pollo pión y se me empaparon los pies. Me puse de tan mala leche que me volví para casa jurando en hebreo. Todos tenemos derecho a un día tonto de rigor de cuando en cuando, ¿no? Y a comer un litro de helado de una sentada y a echar de menos -echar de menos no está de más-, y también a fundirse con el sofá, porque es domingo y odio los domingos. Y los domingos puedo hacer lo que me dé la puñetera gana. 

martes, 2 de noviembre de 2010

Quattro


William Turner "Rain, steam and speed"

Puedo ser un puente entre dos aguas. Un nenúfar, un sombrero de copa. Una copa amarga o el día de víspera, o ese día. Puedo ser un soplo, un grito, tierra agrietada, una postal llena de besos, un taxi con el motor destartalado, un verbo mudo, una carcajada histriónica o la callada por respuesta.

Puedo y, ante todo, te miro a los ojos, cojo aire y ya no me escondo.

jueves, 7 de octubre de 2010

La realeza

Si las parrillas televisivas siguen estructurándose en torno a ponzoñas como Mujeres, hombres y viceversa y alrededor de espantajos como Belén Esteban, tiraré mi televisión por la terraza.

Dicen que la televisión es un reflejo de la sociedad. Yo me pregunto si no se estará tratando de hacer lo contrario: ¿nos están intentando hacer creer que nos representa algo artificial y opuesto a lo que somos? ¿Terminará siendo la realidad un espejo de la porquería creada para la pequeña pantalla?

Siempre nos quedará la radio, más vale. Ya lo dice la Otero: "En la radio no tenemos princesas del pueblo". Claro que, si la princesa es como es... no quiero saber cómo será la bruja.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Soleil levant o jueves que no saben ser jueves

...el placer era espejo de reconciliación [...] algo como un sacramento de ser a ser, [...] avance del sueño boca contra boca, a veces sin desligarnos.

Julio Cortázar, Rayuela

Ya no hay cenizas, ni humo, ni grises. Hay un Monet en París, agua, luces sobre el verde. Girasoles en la cocina, vino en la nevera, sombreros en el armario, pinceles, manzanas, papeles, musas.

Queda lo que está aún sin leer, lo que queda por escribir, esperando paciente. Respira tranquilo, aguarda el momento en que volvamos a dormir en el mismo colchón.


lunes, 18 de mayo de 2009

Los tres pies del gato






Nos levantamos tarde. Un café. Unas tostadas quemadas. Una margarita sobre la lista de la compra. El esbozo de un poema en la sección de deportes del periódico regional. El día está sucio y la habitación soleada. El gato ronronea y se estira sobre las facturas de la luz. Entre dedos arpegiados, te bailo el agua a tu compás. Se rumorea en las noticias que el conflicto se va a prolongar. De hecho, se prolonga mi lucha en vano por sacarte de la cama.

No hagas la cama porque la desharemos a media mañana. La vecina tiende su blanquísima colada y sube el volumen de la radio. Nos molestamos en buscarnos las cosquillas durante los anuncios de un programa de sucesos al que no prestamos atención, con la lógica escondida junto a las pelusas bajo el sofá y los pies apoyados en la mesa llena de migas, de fotos y de nuestra ropa de ayer.

­-¿Cortado o con leche?

El desayuno dura casi hasta la hora de comernos y el espejo empañado termina siendo el lienzo de mil garabatos que desembocan en carcajadas sobre la alfombra del salón. Cuando te ríes se me ensanchan los pulmones y me sabe menos amargo el agua de fregar que en la oficina llaman expreso. Expresamente para no hacer nada en concreto contigo no fui hoy a la oficina.

Escucha cómo llueve, que hoy la bañera es el mar Egeo, tus rodillas dos islas griegas y el timbre de la puerta es la sirena de un petrolero que vamos a ignorar. Al igual que el teléfono, el ir hoy a trabajar.

­ -Si, jefe, una fiebre altísima, toda la noche en urgencias…No se preocupe, nada serio, un virus que durará un par de días.

Canapés improvisados con resquicios de la nevera. De primero una ensalada. De segundo me endulzas. Y de postre, una infusión de mordiscos.

-¿Con dos de azúcar?
-Que sean tres.

Hoy la siesta no es para dormir. Hoy la siesta es una fiesta y desconectas el móvil cuando un número desconocido te quiere hablar, seguramente de temas empresariales o burocráticos.

Por la tarde, la música a todo volumen y la persiana a medio bajar. Fumamos la pipa del “te voy a dar guerra”. Bocadillo de chocolate y un gran vaso de leche a la hora de la merienda, como cuando éramos críos y salíamos a la calle a jugar hasta que la calle se oscurecía y las madres empezaban a ver secuestradores y pederastas por doquier.

Avanza la tarde suave de la mano del drama infumable que ponen en la televisión.

-¿Quién era esa? ¿La madre o la novia?
-La asesina.
-¿No se había suicidado?
-No prestas atención: fingió su suicidio, cobró el seguro de vida, pasó una temporada en Las Vegas y luego lo mató.
-Ah…

Luego paseamos bajo el paraguas aunque ya no llueve más, con las botas de goma salpicando en cada charco y un helado en pleno invierno cuando ya bosteza el sol.

­-¿Llevas tú el bono? Porque el mío lo he perdido.- Rebuscas en el enorme saco que llevas por bolso y niegas con la cabeza.- ¿Tampoco dinero suelto?
-Tampoco.

Así que salimos del apuro de colarnos en el metro cuando el guardia se tropieza con los cordones de los zapatos. No te rías tanto, que nos van a oír y van a querer ser tan felices.

-¡Agua, agua, que ya se ha levantado!
-Pues venga, corre, pero no te pares, que vuelve a perseguirnos con un mocasín en la mano.

Corremos de la mano acompañados del estruendo de los zapatos. Salimos sofocados de las entrañas de Madrid ante miradas atónitas de guitarristas ingleses y de señoronas forradas con piel animal.

A la salida del cine tu camisa tiene sueltos dos botones más. Y tú tienes los ojos más negros. Y la nariz más bonita. Te quito una palomita que ha quedado en tu bufanda. ¡Esta era para mí!

-Pero la próxima película la elijo yo, que esta era un auténtico bodrio.

Una farola es la luna y las luciérnagas son estrellas. Estoy lleno de pintalabios. Cenamos donde siempre y nos saludan al entrar.

-Ana, Cibrán, buenas noches. ¿La mesa de la ventana?
-Por supuesto.

Compartimos un plato de pasta italiana y una merluza en salsa verde y te quito un par de caladas para acompañar al helado.

-Pues esto no tiene que ser muy difícil de cocinar-dices inspeccionando la salsa con cara de detective a la vez que la extiendes con el tenedor.

Viene la dueña, que ya nos conoce.
-Mira, cuando lleve veinte minutos en el horno le pones unas patatas panadera y está de rechupete.

Echan la verja del restaurante con nosotros dentro. Los camareros se sientan con nosotros a descansar las piernas y a contar las propinas y nos llevamos en una fiambrera unas croquetas que parecen hechas por mi abuela y un pedazo de tarta de frambuesa.

El pelo te huele a champú de frutas. Ahora también a humo de tabaco y me sabes como al río en primavera le saben las luces de suerte sobre su ribera. Cambiamos el metro por el coche de San Fernando. De camino a casa nos cruzamos con prostitutas extranjeras, solitarios que pasean al perro o perros que pasean a sus solitarios dueños, con parejas que tienen la mitad de edad que nosotros y se comportan como si tuviesen más, cuadrillas de niñas clónicas y policías aburridos que no le quitan ojo al reloj.

No. Yo ya no soy yo y tú ya no eres tú. Hoy somos el pijama olvidado debajo de la cama, el tarro de mermelada pasado de fecha, el bote de nata en la mesilla junto al despertador sin pilas, la botella de vino medio llena, la bañera medio vacía, tu alergia a la pimienta, la manta del sofá.

Te limpias los pies en la alfombrilla con una fuerza innecesaria. Abres las ventanas porque la presidenta de la comunidad debe estar enferma y nos pone la calefacción a temperaturas insanas.

-Esta mujer nos matará de una lipotimia. ¡Qué horror! Le parecerá que vivimos en Groenlandia.
-¿Y por qué no hablas con ella?
-Porque me da miedo…
-¿Que te da miedo?
-Sí…No te rías, es que tiene una mirada muy extraña. Más que ojos parece que lleva dos botones cosidos a la cara.

Esta noche encerramos tu crisis de los veintisiete y la mía de los veinticuatro en el cajón de los calcetines, junto a tus fotos haciendo de monaguillo, que escondes para que no me burle de ti, y tapamos todo con una buena capa de bossa nova. No tenemos que entretenernos en preparar cenas. De hecho, tenemos cosas mejores en las que entretenernos.

Por eso, cuando al llegar a casa el gato ocupa nuestra cama, tenemos sitio sobre la mesa de la cocina, debajo, encima del piano, en la ducha, en el pasillo, en el ascensor.
Guarda la tarta antes de que se estropee. Tira el periódico. Apaga el despertador. Dame un beso, que ya iremos otro día a trabajar.


Como ya es de noche, no tenemos ninguna intención de dormir y te lleno la casa de velas. Tú dices que parece una iglesia y yo me río. Me río al verte pelear con el abrelatas y bailar con la fregona al compás del ruido de las goteras. Me río de alivio de ver que estás más despierta y menos pálida, y eso que veo que tu pulso tiembla un poco más que ayer. Me río por ver que hoy te fuiste de compras y perdiste tres veces la misma bolsa. Me río con tu manía de cerrar todos los armarios antes de irnos a acostar, porque dices que da mal fario dejarlos abiertos. De ver que te ríes, porque últimamente tu sonrisa viene con cuentagotas.

Qué bien sabe dejarse las circunstancias olvidadas de vez en cuando. Cuando consigues que todo el mundo se crea una mentira, pero tú no puedes engañarte, los días se clavan como aguijones, pero las noches son peores, porque es cuando el veneno actúa. Por eso, cuando quien te ve cree que eres feliz y tú sabes que es tan sólo una pantomima, la cama te boicotea y no te deja dormir.

Pasadas las doce tengo tu cuerpo calmado de alegría respirando la paz del bolero que se oye desde el garito de abajo y entra por la ventana trepando por las cañerías.

-¿Reconoces esa canción? A tu abuela le encanta.

La tarareas en voz baja. Con tu cabeza en mi hombro y tu mirada fija en mi ombligo, vuelvo a silbar.
Por las rendijas de la persiana entra la luz artificial de Madrid, sus reflejos de neón, como para recordarme que todo sigue su curso independientemente de lo que ocurra en nuestra casa. Atrapo una lagrimilla traicionera antes de que tú puedas notarla.

El reloj da la una y el gato entra en la habitación moviendo el rabo con aire melancólico. Anda que no es perceptivo ni nada. Se da por invitado a dormir en nuestra cama y se hace una bola de lana a tu lado para luego empezar a ronronear como hace cuando le rascas la barriga.

Hoy te quiero más, si cabe. Hueles a enero del año pasado, a la colonia que te trajeron los Reyes. Te quiero y no tengo ningún problema en que el todo el vecindario se despierte si lo grito. Hoy todo me lo dices con el pestañeo porque hace tiempo aparcamos los reproches en la zona azul hasta que se los llevó la grúa. Hace tiempo que desechamos el “te lo dije”. Hace mucho que no me acuerdo de fruncir el ceño. Hace mucho que dejé el yoga, porque ya no lo necesito más. Al igual que dejamos a la Doctora-Artista-de-la-Psicoterapia-amiga-de-Moira, olvidamos las visitas al confesionario e ignoramos las recomendaciones de tu hermana para charlar con un sabio rabino.

Las dos. Otra vez me preguntas cómo estoy, con tus ojos negros caídos por la preocupación, si necesito algo, si no tengo sueño, si te quiero.

-Pues claro que sí, gamberro, siempre, más que a nada.

Y te acaricio la barba de tres días que te dejas crecer por capricho mío. Te beso. Entonces se te vuelve a meter algo al ojo. Esta vez a ambos ojos, parece ser.

Las tres. No necesito dormir. Y la almohada aún guarda la firma del pintalabios, el zumo que se te cayó en el desayuno (mira que te tengo dicho que traigas un trapo por si cae algo) y dos gotas de tu perfume que pusiste a propósito.

No quiero dormir y tampoco puedo. Otra vez te olvidaste de cerrar el gas, así que te levantas por quinta vez esta noche y vuelves corriendo de la cocina porque el pasillo es un campo de minas y has de esquivar las bombas, descalzo para no ser descubierto por el enemigo.

Las cuatro. Pasa una ambulancia histérica que te despierta y cambiamos su sirena por un disco de Serrat. A las cinco se va la luz de todo el edificio y la habitación queda en silencio de caricias y de humo de incienso. De los pasos del gato por la cocina y de tu boca de tulipán, que no quiere dejarme pegar ojo.

A las seis brindamos con champán francés porque hemos descubierto la Panacea. Y resulta que estaba escondida en el fondo de las copas que nos regaló tu madre y que todavía vivían en el trastero dentro de su caja de cartón, junto a los cuadros que nunca expusiste.

A las siete me llevas al séptimo cielo; y cuando me despierto huele a sábado por la mañana y a pan recién hecho.

-Cibrán, me encuentro fatal, tráeme una pastilla, o una infusión, o agua simplemente. Cibrán, tengo frío, estoy cansada, me duele todo. Qué guapo estás esta mañana…

Vuelvo a caer en tu pecho y de ahí ya sólo recuerdo tu pelo bañado en tinta china, tu piel manchada de los trozos de Sol que cayeron con el último misil y tus ojos de noche de enero en que empieza a llover.

-Cariño, ¿por qué lloras?

Y me dices que no sea agonías, que haga el favor de sonreír un poco a poco todo se fue diluyendo. Y de ahí ya sólo guardo tu miedo disfrazado, una prima lejana de tu voz:

­-Ya se pasa, no te preocupes, mi niña guapa.

Y las yemas de tus dedos temblorosos que me supieron a la pasión de un tango y a paz.
Porque, para cuando quise darme cuenta, me vi a mí misma en fa menor, demasiado pálida y demasiado huesuda, con los ojos cerrados. Con el corazón estático. Respiración en pausa.
Te vi a ti desde algún sitio cada vez más y más alto, demasiado alto, romper todas las copas, tirar todos los periódicos y caer sobre la alfombra, hecho escombros, maldiciendo entre las fotos del viaje a Estambul, por lo mal que olía en la consulta de aquel maldito matasanos.

jueves, 26 de junio de 2008

Que no me llamen tonta

Una está dispuesta a tolerar que la televisión pretenda venderle cacharros inservibles-pero ultramodernos- a precio de oro, que el panorama político sea absolutamente desastroso e incluso que los candidatos a representarnos en el Festival de Eurovisión parezcan salidos de un laboratorio donde se cruzó un teleñeco con la hija díscola de María Callas. Pero lo que no está dispuesta a aguantar es que la llamen tonta.

No soporto que insulten a mi inteligencia, por ahí sí que no paso. Y es por ello que me hierve la sangre cuando oigo decir que se están llevando a cabo importantes medidas para luchar contra la anorexia y la bulimia y otros trastornos de la conducta alimentaria provocados, en gran parte, por la misoginia y estulticia de diseñadores de moda a los que no les da la santa gana de lucir sus elegantes vestiditos con modelos que no parezcan primas lejanas de la novia cadáver: me aseguran que las tallas de ropa se han ajustado de forma que una talla 38 no se lleve el canto de un duro con la de un vaquerito de la sección infantil de Zara. Se dice también que ha subido el índice de masa corporal exigido a las modelos para poder desfilar. También que se están desarrollando numerosas y efectivas campañas de concienciación de la gravedad de tales trastornos.

Muy bonito, maravilloso. Semejante muestra de solidarización y humanidad hace que se me humedezcan los ojos. Estoy plenamente segura de que un solo anuncio donde aparezca una mujer que no está en los huesos servirá para contrarrestar todo el daño que hacen los millones protagonizados por esqueletos gordos. Y me ayuda a dormir tranquila el pensar que ello contribuirá a la progresiva desaparición de las infumables revistas cuyo contenido se fundamenta en dietas milagrosas con las que cualquier mujer puede llegar a parecerse a las actrices de Hollywood.

Ahora que me he despachado a gusto, me gustaría pedir una cosa: que no me llamen tonta. Por favor, que no intenten hacerme creer que con una modelo que pesa 42 kilos en vez de 40 el prototipo de belleza femenino cambiará. Que no pretendan que me trague que con un anuncio televisivo donde la chica protagonista tiene pinta de estar sana -seguramente realizado para mitigar el cargo de conciencia de las autoridades que se sienten responsables del panorama- se va a cambiar la mentalidad- la bazofia de mentalidad, si me lo permiten- de la sociedad en la que vivimos, donde sólo la delgada es la triunfadora.

El día que abra un periódico y me encuentre con la noticia de que han encontrado la vacuna contra la anorexia me tragaré mis palabras. Hasta entonces, no me insulten, por favor.

Marta Vidán López
Artículo publicado en Calle Mayor (abril ´08)