Hay personas capaces de quitarte las fobias de un plumazo. De un boligrafazo. Camila intentó acabar con mi pánico a los pájaros con un doble argumento, gráfico y verbal. El asunto era convencerme de que no se puede desconfiar de alguien que lleva gafas. Lo grande que puede ser una persona que mide metro y medio. Ah, ella también lleva lupas. Con estas premisas, es inevitable hacerle caso.
Marta Vidán o Tuki. En el quinto anillo de Saturno. En Twitter, @martavidanlo. Observante, escribiente y fotera; cantamañanas y melómana. Viajo con y sin billete. Me gusta decir 'sobremanera'. WEB http://martavidan.wix.com/martavidan
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martes, 24 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
Mal de maletas
Camila Ruskowski, Montevideo, noviembre 2011.
Odio hacer maletas. La cama desaparece bajo montones de ropa, me amontono. Todo parece imprescindible, la duda salta entre los pantalones y las faldas: ¿y si de repente necesito/quiero usar el/la X? (Complete a su gusto, véase: "¿Y si de repente necesito leer La casa de Bernarda Alba?). La duda se queda con demasiado espacio.
ODIO hacer maletas. Me llevo más cosas de las que quiero, no puedo llevarme todo lo que quiero. Lloro. Cada vez queda menos hueco, pero la habitación tampoco parece estar más vacía, las camisetas se reproducen por gemación espontánea. Es un misterio espacio-temporal, la física no ha conseguido darle respuesta.
Odio mal hacer maletas. Las personas, por muy delgadas que sean, no caben. Y si cupieran, supongo que en pocos minutos tendrían contracturas en la espalda, se les dormiría una pierna, se irían poniendo azules poco a poco.
No, definitivamente, no debe de ser muy cómodo viajar mientras te clavas entre las costillas la esquina de una de las obras maestras de García Lorca.
domingo, 6 de noviembre de 2011
N-S
Aún no he cumplido 21 y ya viví 22 primaveras. El tiempo se calzó unos championes y echó a correr. Así, pasa tan rápido por tantos lugares que es imposible asimilar los capítulos hasta que no pasaron unas cuantas páginas más. En el libro hay líneas escritas a mano con letra temblorosa, alusiones a tomos anteriores, citas alucinógenas de Cortázar, versos tranquilos de Benedetti, descripciones de zombies que toman la ciudad una tarde soleada y zarandean los autos a su paso, letras grandes y de colores vivos.
En el libro hay registros de terremotos, páginas donde alguien derramó un vaso de vino, virutas de tabaco, cercos de la taza de café. Hay acentos nuevos y manías viejas. Hay pantalones que se quedan grandes, ciudades chicas, bostezos largos, ensayos cortos, listas de cosas que hacer y no se hacen, cosas que no se deben hacer y se hacen.
El Río de la Plata humedece las hojas y el sol del mediodía lo va dejando todo para mañana, menos acabar las tabletas de chocolate. Y las páginas centrales hablan de pibes dulces, minas de ojos de otra esfera, habitaciones re desordenadas y con poca luz a partir de las cinco de la tarde y decoradas con el dibujo de la portada del último tomo que salió al mercado.
El tiempo llega a tiempo o no tiene tiempo o da tiempo. Viene saturado y escribe novelas de terror por las mañanas, cuentos infantiles a mediodía, versos al caer del sol y relatos surrealistas cuando ya ha oscurecido.
El tiempo a veces se pone recontrarrompehuevos, como cuando el paquete de azúcar se cae y deja el suelo de la cocina hecho pelota.
domingo, 21 de agosto de 2011
El vestido de novia
Frío. Sólo hace calor dentro de la tetera, que silba cuando el agua empieza a soltar humo, como un tren que hace apurarse a los viajeros que llegan tarde y corren por el andén, arrastrando las maletas y el sofoco. Hace tanto frío en Montevideo que dicen que podría nevar, y eso que la ciudad no se viste de novia desde 1930.
Tengo estalactitas por dedos. Los niños van por la calle tan abrigados que sólo se les ve los ojos y la punta de la nariz. Camila los llama niños terroristas. Frío y sopa tibia en el estómago. Frío en los pies y parece ser cierto eso de que con los pies fríos no se piensa bien, como canta Pereza. Sí, debe ser por eso y porque, a estas alturas, seguro que mi cerebro alberga un poquito de escarcha.
miércoles, 17 de agosto de 2011
La calle
Los taxis son negros, con el techo amarillo. Hay que sacar la mano si querés que el ómnibus se detenga en la parada. Si pasa, claro, porque puede que veas el mismo ómnibus tres veces en una hora y que el tuyo no haga acto de presencia.
Los uruguayos piropean con los ojos, porque apenas se entiende lo que dicen. Los mendigos utilizan también el lenguaje ocular (lo que sí se comprende es un lastimero señoraseñoraseñora). Cualquiera de los tipos que visten barba, abrigo gris y boina y cargan su mate podría ser el Oliveira de Rayuela, de Cortázar.
Los puestos invaden las aceras: garrapiñadas ("calentitas", la bolsa chica a diez pesos; la grande, a veinte), mate, relojes, prensa. El olor del caramelo serpentea entre los autos, que cruzan la calle cuando ellos quieren, porque los semáforos de Montevideo parecen ser un simple elemento ornamental.
Vale la pena atravesar la avenida 18 de julio sin los cascos, para escuchar el dulse asento ("¡Pará, pará, pará, loco!"). Pero con banda sonora las cosas se ven distintas: las caras, las tiendas, los árboles en un contexto musical se envuelven en una danza de gente que llena las aceras y reparte panfletos y te desea, muy amable, "buen día, pasala bien".
domingo, 7 de agosto de 2011
Sonidos
Cuando salgo al balcón a fumar un pucho aparecen a saludar unos árboles famélicos y desnudos. Pasa un ómnibus verde (el boleto cuesta 18 pesos). Abajo, en el portal de al lado, un tipo que deja ver el 80% del cartón sierra metales envuelto en una nube de chispas naranjas que parecen luciérnagas que se pasaron con el café. Asoma también la hucha, y me da la risa cuando me fijo.
Hace un vientecillo fresco, tan suave que apenas se nota. Luz que pregona una primavera cercana. El encanto de lo decandente, de "la que tuvo retuvo", en los edificios, que sacan sus galas al sol de las tres de la tarde, sol que no consigue despachar a mi polera de cuello alto, sorprendida por tener que trabajar en agosto.
Para cerrar el balcón hace falta una ingeniería. O comer dos veces. No ahoga el ruido que hace el calvo, el dos veces calvo de la acera, que para por un momento para conceder un solo en la partitura al tráfico de la calle Colonia.
domingo, 31 de julio de 2011
Che
A tres días de cruzar el charco pienso que hay que viajar, porque el mundo es muy ancho y no tenemos perdón si no lo conocemos. Y no lo tenemos si no lo hacemos más ancho: escribamos, pues, para hacer el mundo más ancho; y, en su anchura, más bello.
Y hay que leer y saber, porque cuando se tiene frente a las narices algo que conoces, aunque sea un poco, se disfruta el doble. Ya dice Ana María Matute que "si no lees, tú te lo pierdes", y a una Premio Cervantes no se le discute. Porque leyendo se convierte también la butaca del salón en un asiento de avión, de tren o de máquina del tiempo. El charco puede cruzarse cuando uno quiera. Buen viaje.
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